No puedo evitar compartir con vosotros lo que ha
pasado esta tarde. Porque para mí es la demostración impresionante del vínculo
increíble entre melliz@s/gemel@s. Ona y Estel estaban muy “movidas” (llevamos días así, entre su cumpleaños, fiestas de la escuela, Pastorets, el
Tió inminente...). La tarde ha sido bastante agotadora, y cuando menos lo pensaba,
Ona ha dormido en el sofá. No había parado en todo el día, así que he visto mi oportunidad.
Con una dormida, es más fácil poder ducharse tranquilamente. "Estel, la
vigilas y si necesitas algo vienes, ¿de acuerdo?”.
Justo cuando he terminado, me he encontrado a Estel
dormida en el sofá (ya me había extrañado tanto silencio y tan poca interrupción)
y que Ona empezaba a despertarse. Cuando duerme poco o está muy cansada, no
tiene un buen despertar. Ya la he notado con ganas de lloriquear. Me la conozco,
sé que necesita que la abrace y esté con ella. Lo intento, pero se pone a
llorar desconsolada. Le digo que venga conmigo a mi habitación. Estel (que es
absolutamente lo contrario y con el vuelo de una mosca ya se despierta tan
feliz), abre los ojos y nos acompaña.
Ona está desconsolada. No para de llorar. Le
pregunto qué le pasa, si ha soñado algo que no le ha gustado (ayer vimos los
Pastorets, y pienso que aunque se rió con los demonios, saldrá la imagen en
algún momento). Dice que no lo sabe, pero que algo la hace estar triste. No hay
manera de que pueda consolarla. De golpe se tumba en mi cama. Estel sale
corriendo a su habitación. Vuelve con el 'doodoo' de Ona, con el que duerme
desde que era pequeña. Se lo da. Se tumba a su lado y la abraza. Ona abraza
fuerte el muñequito y la mano de su hermana. Se tranquiliza y deja de llorar.
Yo me quedo mirando a Estel, y le doy las gracias.
Porque ella ha sabido rápidamente qué podía ayudar a su hermana, y se lo ha ido
a buscar. “Ona, ¿estás bien?". “Sí, mama".
No me digáis que no es fantástico tener una hermana
melliza...





