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24 mar 2014

Desajustes emocionales

Lo he analizado, me he observado y lo tengo claro. Estas últimas semanas vivo un desajuste emocional con el que no contaba.

Por motivos que no vienen al caso, en el trabajo hace un mes que he tenido que cambiar de horario. Es cuestión de unas semanas, (espero) pero ahora estoy haciendo horario partido (normalmente me pongo a las seis y media y salgo a mediodía). Cuando me lo dijeron lo primero que hizo mi cerebro fue empezar a cuadrar los círculos de los horarios de las niñas. Quien podría ir a buscarlas a la escuela, como nos organizaríamos y con quién estarían cada día. Lo segundo que pensé es que podría hacer algo que no puedo hacer nunca: despertarlas y llevarlas a la escuela (así, de paso, no será necesario que piense la ropa que deben ponerse el día antes, lo decidiremos las tres por la mañana, y sin broncas, espero). Lo tercero, que cuando llegue a casa, ellas ya casi se van a la cama. Bendita conciliación.

Y aunque durante el día no tengo ni casi tiempo de pensar, sí noto que no estoy bien. Y no es únicamente el cansancio físico y mental. Cuando llego a casa necesito que me expliquen intensamente que han hecho durante el día. De golpe me encuentro el pasado martes pidiéndole a mi marido que me mande una foto de las niñas por Whatsapp , para ver a qué están jugando . Llamo a mi madre para ver si ya han llegado bien y si ya están merendando y me enfado porque no quieren ponerse al teléfono para decirme hola.

Ya sé lo que me pasa. Es tan sencillo... Las echo de menos. Las necesito. Quizás me ha sorprendido a mí misma y no lo he identificado a la primera, porque no pensaba que me afectara tanto. Pero es que realmente las echo de menos. Y me siento mal. No me basta con 15 minutos por la noche (aunque más de un día me han recibido con llantos y peleándose que hubiera reaccionado dando marcha atrás). Echo de menos contar cuentos, cantar, pintar y dibujar, hacer pulseras o (que triste), planchar mientras las escucho reír inventando diez mil historias. Echo de menos ser la espectadora de excepción de sus obras de teatro y ser la mediadora que pone paz cada dos por tres. Su cómplice para convertir el comedor en una autocaravana y después apresurarnos a recoger. 


¿Y sabéis qué es lo peor de todo? Que ayer me dijeron que, ellas, también me echan de menos.

27 sept 2012

Luchando contra brujas y dragones




“Érase una vez, había una niña llamada Victoria. Sus papás estaban encantados con su naciemiento, pues tenían muchas ganas de tener una hija. Siempre habían soñado con todas las cosas que harían cuando Victoria fuera mayor. Pero primero disfrutaron como locos de las primeras miradas, las primeras sonrisas y balbuceos de la pequeña. Bueno, más mamá que papá, porque cuando Victoria sólo tenía 12 días, papá se iba cada día a cazar dragones. Salía muy temprano de casa, no venía a comer y llegaba muy tarde por la noche. Victoria aprendió que cazar dragones debía ser algo muy difícil, porque su papá no estaba nunca en casa y llegaba agotado. Muchas veces, ni siquiera tenía todo el fin de semana para estar con ella y su mamá. Él intentaba dejar los dragones, porque no quería perderse los momentos más maravillosos de su hijita. Pero cómo mamá le explicaba, papá tenía que cazar dragones, porque era su trabajo y le pagaban por ello. Victoria no entendía aún qué era una hipoteca, la lista del supermercado, las facturas y las letras del coche. Ella sólo quería que papá hiciera esas caras raras que tanto la hacían reírse. Sólo quería que la abrazara y quedarse dormida en su regazo. Que le cantara mientras la bañaba. Pero se acostumbró. Mamá le contaba que llegaría un día que ella también debería volver a trabajar y ya no estaría para cuidarla todas las mañanas. ¿Ah no? ¿Y entonces con quién se quedaría la pequeña Victoria? Y llegó el día. Demasiado rápido para mamá. Demasiado rápido para Victoria. Mamá la llevó a la guardería. Lloró. No quería que su mamá se fuera. Sólo fue una mañana. Pero a mamá había una bruja que cada vez le daba más trabajo… y más trabajo. Al final Victoria tenía que quedarse a comer y mamá no iba hasta por la tarde a buscarla. Prácticamente no veía a papá ni a mamá en todo el día…”



Mamá, para, no me gusta este cuento. Pero no es verdad, ¿no? Eso pasó hace mucho tiempo, ¿a que sí?



No cariño, no tanto. Pero algún día será un cuento porque los últimos doce meses han sido muy intensos y hay mucha gente luchando contra brujas y dragones...

#CRYA12meses MUCHAS GRACIAS por la lucha diaria.

16 may 2012

#equilibrando el desequilibrio

Muchos días me siento así. Una equilibrista haciendo malabares para llegar a todo. Hice esta foto casi por inercia. Pero cuando desde el blog de Conciliación Real Ya nos han propuesto celebrar el Día Internacional de la Familia con un Carnaval de blogs centrado en la importancia de mantener el equilibrio entre la vida laboral y personal, supe que sería la foto que lo ilustraría.

Quiero empezar esta reflexión diciendo que creo que soy afortunada. Tengo un trabajo donde me han permitido hacer horario intensivo de mañana y por las tardes puedo estar con mis hijas mellizas. Sé que hay gente que está en una situación mucho peor. Sé que hay países que pensarían que nuestras preocupaciones son ridículas y algunos que tendrían que buscar la palabra conciliación en el diccionario. Pero también sé que hay gente que puede compaginar su vida laboral y personal mucho mejor. Sé que hay países que se lo toman como una cuestión fundamental. Nos fijaremos en los que están mejor, ¿no?

 

Hay tantos temas a abordar que es imposible abarcarlos todos. Hoy quiero centrarme en el concepto “llegar a todo”. Hemos estudiado o luchado para conseguir un trabajo que nos llene y nos haga sentir realizadas. Muchas mujeres habían pensado que era su “todo” (o su “mucho”) hasta que la maternidad cambió al 100% ese concepto. Queremos ser madres y estar con nuestros hijos. Queremos continuar haciendo nuestro trabajo, queremos ser pareja, hermana, amiga y queremos tenerlo todo “controlado”. Yo he descubierto que no puedo llegar a todo. Por eso equilibrar nuestra vida laboral y familiar implica muchas veces renunciar a algunos aspectos. Y no debería ser así. Tengo que priorizar. Pero priorizar no debería significar renunciar absolutamente. No sería así si la cultura empresarial de este país apostara por los resultados en lugar de valorar las horas que se está en el trabajo. Si se entendiera que las jornadas reducidas son oportunidades de creación de nuevos empleos y de satisfacción de los trabajadores que las necesitan. Para lo que sea. Para cuidar de los hijos, de los padres, para estudiar o para dedicar su tiempo libre a una ONG. Mientras no haya un cambio de mentalidad profundo en muchos de estos aspectos… la sociedad continuará viviendo en un desequilibrio.


Por eso, mientras tanto, en menor o mayor medida, tenemos que ir #equilibrando este desequilibrio.